EL FUNDADOR
GUILLERMO JULIO SYLVESTER (1936- 1989)
Personalidad:
"Guillo" fue un hombre de Dios, con una profunda fe que lo llevó desde muy temprano a trabajar en la Iglesia.
Entendió que había en la vida una sola forma de comprometerse con las cosas, y esa forma era en la integralidad de la persona.
De carácter alegre y trato cordial, con una personalidad emprendedora, provocaba en las personas atención y respeto.
Desde los comienzos de su vida apostólica, su preocupación fueron aquellos que no habían recibido el mensaje de Cristo, marcando esto el acendrado carácter misionero que tiene Puente. Muy disciplinado, lograba un óptimo aprovechamiento del tiempo para su intensa actividad apostólica, los momentos de familia y su trabajo profesional. Era un hombre frontal, a veces de aspecto duro, capaz de amonestar con dureza o con delicadeza logra sacar lo mejor de su interlocutor. En todo, anteponía el amor a Dios y a los hombres.
De todas las características de un líder, poseía quizá la mejor de ellas, la de buscar, promocionar a cuanta persona se le reuniera a su alrededor. En el profundo amor que sentía por todo aquél en el que intuía una sincera búsqueda de Dios ponía en juego su don de consejo, virtud con que el Espíritu Santo decidió adornar a su persona, permitiéndole detectar la necesidad del otro, intuyendo qué era lo mejor para cada uno.
Poseía un profundo amor por su familia, a la cual supo formar en el amor al Creador. A pesar de lo intenso de su apostolado, sabía encontrar los momentos de intimidad con su familia, y así se lo enseñaba y exigía a sus dirigidos. A sus hijos les transmitió su propia vocación de servicio, y Dios le regaló la inmensa alegría de que uno de ellos abrazara la vocación sacerdotal.
Su labor:
Elaboraba permanentemente escritos para orientar las acciones del Movimiento.
Supo formar a esos jóvenes llenos de ímpetus, pero con muy pocos conocimientos, para ser dirigentes de Puente que asumieran la seriedad en el compromiso, enseñándoles a buscar siempre hacer aquello que más se acercara a la voluntad de Dios.
Comprendió con claridad la visión renovada del laicado surgida del Concilio Vaticano II y lo asumió en su vida enseñando con su testimonio, que el laico debía participar activamente, en el anuncio de Cristo con la palabra, predicándola fielmente y haciéndola vida cada día.
El laico debía asumir este llamado al apostolado universal desde la totalidad de su persona, integrando y ordenando todos sus valores a ese Valor Supremo que es Dios.
Sostuvo que era necesario que el laico se formara en distintas disciplinas, como ser teología, sociología, psicología, historia de la Iglesia, para poder entregar lo mejor a los demás en su misión y para que la palabra de Dios fuese sembrada en el contexto de nuestro mundo moderno.
Siempre soñó con la conformación de una comunidad de creyentes, que viviera profundamente el Evangelio, donde por la caridad llegase a compartir todo, hasta los bienes materiales. Tenía en su mente y en su corazón la ilusión de formar un ámbito comunitario para sacerdotes que compartieran el carisma, donde pudieran reunirse todos aquellos que adhirieran a esta forma de vivir y sembrar la palabra de Dios.
El 6 de junio de 1989 hemos tenido que lamentar la desaparición de Guillermo, luego de una larga y penosa enfermedad. El crecimiento y expansión del Movimiento de acuerdo al avance de las épocas, ha sido manteniendo viva su memoria, las grandes líneas que proyectó e intacto el carisma que el Espíritu Santo quiso entregar a su Iglesia a través de él.